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Corrupción: el dilema del prisionero

Entrevista al Dr. Guillermo Jorge[1]: “Las herramientas para recuperar activos por hechos de corrupción existen”.

El abogado especialista en recuperación de activos habló en La Nación+ acerca del proyecto de Ley de responsabilidad empresaria y del grado de cooperación de las personas jurídicas en una investigación por corrupción

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Mirá la entrevista completa a Guillermo Jorge por Hugo Alconada Mon / MARTES 14 DE MARZO DE 2017

El presidente Macri habló de la Ley de responsabilidad empresaria, que se aplica a empresas por hechos de corrupción. El Dr. Guillermo Jorge está trabajando en el proyecto:

“Es un proyecto de ley muy necesario para la Argentina.”

Desde el Centro de estudios anticorrupción de la Universidad de San Andrés colaboramos con la Oficina Anticorrupción en la elaboración inicial de este proyecto que sigue estándares muy aceitados. De todos los países de la OCDE, la Argentina, junto con Eslovaquia, son los únicos que no tienen un sistema de estas características.

Se trata de un proyecto que genera incentivos para que las empresas prevengan que no haya corrupción dentro de sus compañías. Está dirigido a los grandes grupos económicos; en una PYME la persona jurídica está muy identificada con el dueño de la empresa. Pero en las grandes compañías esto es más complicado, muchos gerentes tienen incentivos para generar negocios y tienen pocas restricciones para que los negocios sean absolutamente lícitos, especialmente en mercados donde la corrupción es sistémica, entonces la gente no está mirando lo que dice la ley sino lo que está haciendo el competidor. Esto retroalimentó lo que se puede llamar el dilema del prisionero, donde uno se siente forzado por cumplir con los incentivos, las expectativas del jefe, la familia, etcétera, en hacer negocios non sanctos porque “bueno, es así”.

El dilema del prisionero es un problema de acción colectiva, donde si yo me porto bien no consigo el bono a fin de año porque no cerré buenos negocios. Si me porto mal pero logro negocios, consigo un bono superior, mi familia está contenta, mi jefe también y me van a ascender.

Pero además, es muy poco probable que me descubran porque todo el mundo lo hace. Esto, lo que requiere, es un acuerdo colectivo, yo trabajo mucho en esto: modificar equilibrios sistémicos. No se trabaja en el pasado, en quién tuvo la culpa, quién empezó; no: trabajamos en el futuro, preguntándonos: ¿cómo hacemos para que de acá en más podamos construir un equilibrio donde podamos hacer negocios, podamos ganar dinero sin tener que pagar coimas ni corromper a nadie, y estemos todos de acuerdo y generemos la confianza suficiente para saber que si me piden a mí y digo que no, cuando le piden al gerente de la otra compañía también va a decir que no?

En una nota fechada el 21 de abril de 2016, publicada en La Nación, Guillermo Jorge afirmó que “La clave del sistema no está en cobrarles a las empresas los delitos cometidos por sus directivos, sino que es aumentar los esfuerzos del sector privado para prevenir la corrupción y su colaboración para condenar a las personas que lo llevan a cabo.”

Las empresas que tengan un programa de integridad que les permita prevenir actos de corrupción, si la ley se aprueba tal cual como el Poder Ejecutivo la envió al Congreso, van a tener créditos, pueden incluso no tener sanciones como empresa, y prevé agravantes o atenuantes que dependen del comportamiento una vez que el hecho se conoce.

Hoy en día las empresas no son responsables como personas jurídicas, con lo cual tienen muchísimos incentivos para encubrir los hechos de corrupción, para proteger a los jefes y a los empleados que actuaron en beneficio de la compañía: se arriesgaron y arriesgaron su libertad por ganar más dinero para la compañía, con lo cual la compañía trata de protegerlo, tienen seguros, le pagan a sus abogados, están en la mejor posición para ocultar evidencias.

Lo que hace la ley es tratar de romper eso, el pacto tácito o los incentivos actuales hacen que las empresas que no tienen responsabilidad protejan a sus directivos, se rompe.

Los directivos también van a tener que jugar un papel muy importante: cuando las empresas, las casas matrices de las multinacionales o los accionistas mayoritarios de los grupos locales digan “hacé lo que sea para conseguir negocios,  ellos mismos van a tener que decir que no pueden hacer lo que sea, que tienen que actuar de determinada manera y no de otra, porque el día de mañana si van más allá los perjudicados van a ser ellos.

Esto genera lo que en los países desarrollados es el día a día: las autoridades obtienen información de los individuos sobre las compañías, y de las compañías sobre los individuos.

El Dilema del Prisionero y el equilibrio de Nash

Cada miembro de una comunidad puede elegir entre cooperar, lo que requiere cierto esfuerzo, o no cooperar, lo que no requiere esfuerzo pero permite recibir el beneficio del esfuerzo de los demás.

Desde un planteamiento egoísta conviene no cooperar. Ahora bien, ¿qué ocurriría si todos hiciéramos lo mismo? Este problema clásico de “La teoría de juegos” se conoce como “El Dilema del Prisionero”. Fue planteado por primera vez alrededor de 1950 por Merrill M. Flood y Melvin Dresher, y más tarde fue formalizado por Albert W. Tucker.

El planteo es el siguiente: el fiscal entrevista por separado a dos detenidos, rojo y negro, que han realizado un delito, y les dice a cada uno:

Tengo suficientes pruebas sobre ambos para enviarlos a la cárcel durante un año. Pero si es usted el único que confiesa aunque el delito supone diez años de condena, haré un trato con usted y será condenado a tres meses de prisión, mientras su compañero permanecerá diez años. Pero si confiesan ambos, los dos recibirán una condena de cinco años.

¿Qué debe hacer el rojo? ¿Debe confesar y confiar en recibir una sentencia breve? Eso es mejor que el año a que sería condenado si no confesara. Pero veamos. Hay una razón mejor para confesar, pues supongamos que el rojo no confiesa y que, sin saberlo, confiesa el negro. ¡El rojo se arriesga a ser condenado a diez años! Mejor que eso es confesar y recibir una condena máxima de cinco años. El negro se encuentra ante el mismo dilema.

La consecuencia importante en este caso es el hecho de que cuando ambos actúan de forma egoísta confesando, ambos terminan con una larga condena. Sólo cuando actúan de forma altruista la condena es breve.

En la vida real hay muchas situaciones sociales, económicas e incluso biológicas que parecen el dilema del prisionero. La matriz de pagos recoge las situaciones posibles en el dilema del prisionero:

Matriz de pagos dilema del prisionero

Matriz de pagos dilema del prisionero

Para que una matriz de pagos represente un “dilema del prisionero” deben concurrir las siguientes circunstancias:

  • Confesar uno solo debe ser mejor para él que no confesar mutuamente.
  • No confesar mutuamente debe ser a su vez mejor confesar ambos.
  • Confesar ambos debe ser a su vez mejor que no confesar uno sólo.
  • Elegir cada uno una estrategia diferente, confesar y no confesar, la ganancia media entre estas dos estrategias (3 meses y 10 años) no puede ser mejor que las estrategias de confesar ambos (1 año).

John Forbes Nash encontró que la estrategia “estable” a la que conduce el dilema del prisionero es terminar en la mutua deserción. Nash afirma que es estable porque, elegida por uno de ellos, el otro no puede mejorar su situación y viceversa. Técnicamente esto se denomina Equilibrio de Nash[2].

[1] Abogado por la UBA, especializado en la recuperación de activos.

[2] John Forbes Nash recibió el Premio Nobel de Economía en 1994, compartido con John C. Harsanyi y Reinhart Selten por sus pioneros análisis del equilibrio en la teoría de los juegos no cooperativos.

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